Era el 14 de marzo de 2020. El mismo día que nos confinaron por el covid, yo daba a luz a mi segundo hijo.
Los días anteriores fueron extraños. Las noticias del virus llegaban cada vez con más fuerza y esa misma semana ya habían confinado Igualada. Era todo muy incierto. Yo estaba de 39+4 y, pese al ruido de fuera, tenía una cosa muy clara por dentro: había hecho el curso de hipnoparto y desde la semana 30 me dormía cada noche con los audios. Esa era mi ancla.
El día anterior
El 13 de marzo decretaron el cierre de escuelas. Mi hija mayor, a la que aún le faltaban unos días para cumplir dos años, se quedó en casa conmigo. Aquella mañana me llamó mi ginecóloga, Laura Rodellar, para preguntarme si podía ir a la visita sin acompañante. Ya habían aplicado restricciones.
Llevaba el embarazo en el Hospital General de Catalunya, en Sant Cugat, pero tenía pensado dar a luz en Sant Joan de Déu. Ese día, en la visita, ya no lo veía claro. Ir hasta Barcelona con el panorama tan incierto no me daba tranquilidad. Le dije a Laura que si me ponía de parto en los próximos días, daría a luz en Sant Cugat.
Volví a casa y pasé la tarde con mi hija. Por la noche, como cada noche de los últimos meses, me puse a dormir con los audios de hipnoparto. Me quedé dormida como cualquier otro día.
La noche
A medianoche me desperté para ir al baño, como tantas otras noches de los últimos meses de embarazo. Al empezar a caminar, rompí aguas. Por un momento no estaba segura, pero el líquido era abundante y claro. Empecé a temblar. Tenía miedo. Había llegado el momento.
Me acordé de lo que había aprendido en el curso: agua caliente, ducha, relajación. Me metí en la ducha con el agua bien templada y dejé de temblar. Me recordé que todo iba a ir bien, que era capaz de hacerlo.
Desperté a mi pareja, se lo conté y volví a la cama. Eran las 3 de la madrugada. No conseguí volver a dormir del todo porque ya empezaba a notar contracciones suaves. Empecé a trackearlas y venían cada 4 minutos, regulares. A las 4 avisé a mi madre para que viniera a quedarse con la nena. A las 5 llegó y las contracciones ya eran cada 3 minutos y bastante intensas. Con cada una, respiración descendente, la que había practicado tantas noches. La playlist que me había preparado durante el embarazo sonaba de fondo.
El trayecto al hospital
A las 7 salimos hacia el hospital. Son 10 minutos en coche que se hicieron largos porque las contracciones ya eran molestas. Fui con antifaz y auriculares. No quería perder el modo parto que llevaba desde hacía horas.
Llegamos a urgencias y no había nadie. Ningún otro paciente. Era irreal. Entré con el antifaz aún puesto. Me hicieron el check y estaba de 4 centímetros. Me hicieron un monitor de veinte minutos mientras seguía respirando y ya empezaba a sentir la necesidad de vocalizar cada contracción.
El paritorio
A las 8 pasamos al paritorio. La matrona me dijo que me tumbara en la cama, pero mi cuerpo me pedía otra cosa. Me puse de rodillas, con la cabeza apoyada en la cama, y allí estuve la siguiente hora. Vivía cada contracción como una contracción menos para conocer a mi bebé.
Entre mi pareja y la matrona me iban haciendo un masaje suave en la espalda. Me aliviaba saber que estaba siendo cuidada.
La semana anterior había ido a hablar con una matrona sobre mi preparación con hipnoparto y mis preferencias. Aquel día, por casualidad, estaba la misma matrona. Sabía perfectamente que yo no quería tactos si no eran estrictamente necesarios, ni que nadie me tocara si no hacía falta.
A las 9 me preguntó si me podía hacer un tacto, pero me pidió que me tumbara en la cama para hacerlo. Le dije que no, que me lo podía hacer como estaba. Lo hizo y me dijo que ya estaba en completa. Hacía solo una hora estaba de 4 centímetros.
Y aquí viene la parte que aún, años después, me ronda.
El expulsivo
Cuando me dijo que estaba en completa, insistió en que me tumbara en la cama, con las piernas en alto. Accedí. Y ahí empezó algo que no había previsto: esa posición me hace sentir especialmente vulnerable. Soy víctima de abusos sexuales y hay posturas y vivencias que pueden activarme recuerdos. No supe decirlo en ese momento. Estaba en medio del cóctel hormonal del parto y no tenía a nadie a mi lado que me recordara que podía elegir.
Empujé. Ella quería dirigirme los pujos, pero yo empujaba cuando el cuerpo me lo pedía. Noté perfectamente el anillo de fuego cuando la cabeza pasaba el perineo. En veinte minutos, Lluís nació. Eran las 9:30 de la mañana. Pesó 2.900 gramos.
La placenta
Pedí que me lo pusieran sobre el pecho, pero el cordón era muy corto. Me llegaba hasta la mitad de la barriga. Lo podía tocar, pero no abrazar.
La placenta no salía. Ni con oxitocina. Pedí levantarme para aprovechar la verticalidad, pero no me dejaron. Me dieron a elegir entre epidural y sedación completa. La epidural, en el parto anterior, me había provocado una alergia fuerte, así que pedí sedación.
Lluís se quedó haciendo piel con piel con su padre. Yo entré a quirófano llorando. El parto había ido genial hasta ese momento, y aquel final no me lo esperaba. Me derrumbé.
La intervención duró diez minutos. Quince minutos después ya tenía a Lluís conmigo y empezó a mamar. Desde ese momento, ya no nos separamos más.
Qué pienso ahora
De aquel parto tengo un recuerdo muy bueno. Tuve un parto natural en un hospital, con el apoyo del hipnoparto, en una hora y media desde que llegué hasta que Lluís estaba fuera. Y creo sinceramente que el hipnoparto fue la clave para llegar tan confiada, tan presente.
Pero hay dos cosas que aún me rondan.
La primera: que acepté tumbarme en la cama para el expulsivo, en una posición que me activa. Estoy segura de que la intensidad de ese momento fue mucho mayor de lo que habría sido en otra posición. No supe abogar por mí.
La segunda: el tema de la placenta. No supe pedir con suficiente fuerza lo que sentía que necesitaba: ponerme de pie, dar tiempo. Estaba en medio de todo, llena de hormonas, sin nadie a mi lado que me recordara que esas eran preferencias mías que tenía derecho a defender.
Y aquí aparece la lección que me acompaña cada vez que ahora acompaño un parto: tener a una persona al lado que conozca tus preferencias y te las recuerde cuando tú no estás en condiciones de argumentar con la parte racional del cerebro puede cambiar la vivencia entera del parto. No porque decida por ti. Porque te devuelva la voz cuando tú solo puedes sentir, no hablar.
Por eso terminé formándome como Doula.
Y por eso, también, recuerdo con tanta fuerza el parto de Lluís. Fue muy positivo. Me enseñó de lo que soy capaz. Y me enseñó, al mismo tiempo, lo que me habría gustado tener a mi lado.